July 24, 2007

Acá debería poner un título atrapante

Arthur Shopenhauer nació en Dantzig (Alemania) en 1788. Su padre, que era comerciante, lo preparó para el negocio llevándolo en sus viajes por Francia e Inglaterra. Schopenhauer aprendió así otros idiomas y adquirió una cultura general que, reforzada con sus estudios y lecturas, llegó a ser muy amplia.
Schopenhauer tomó de Kant la diferencia entre lo que percibimos (fenómeno) y la cosa en sí (noúmeno). El mundo que percibimos no es sino el resultado de nuestras representaciones. «Todo lo que existe, existe para el pensamiento.» Pero, a diferencia de Kant, Schopenhauer entiende que tenemos un modo de acceder al noúmeno, a la cosa en sí. «Nosotros mismos somos la cosa en sí.»
Si por el intelecto accedemos al fenómeno, por el cuerpo podemos acercarnos a la cosa en sí. Por nuestro cuerpo conocemos lo que el mundo es en sí mismo, "voluntad", necesidad, deseo. El instinto de conservación del individuo (agresividad) y el instinto de conservación de la especie (sexualidad) son los modos principales de esta voluntad de vivir. En el fondo, el mundo no es sino voluntad, deseo insatisfecho, anhelo insaciable.
Cuando murió su padre (1805), comenzó sus estudios clásicos. En la Universidad de Göttingen, el filósofo Schultze despertó su interés por la filosofía kantiana a la par que el orientalista Maier lo ponía en contacto con los libros sagrados de la India. Estas dos fueron las fuentes principales de su filosofía.
En 1819 publicó su obra más importante, El mundo como voluntad y representación, que no tuvo repercusión inmediata.
Schopenhauer tomó de Kant la diferencia entre lo que percibimos (fenómeno) y la cosa en sí (noúmeno). El mundo que percibimos no es sino el resultado de nuestras representaciones. «Todo lo que existe, existe para el pensamiento.» Pero, a diferencia de Kant, Schopenhauer entiende que tenemos un modo de acceder al noúmeno, a la cosa en sí. «Nosotros mismos somos la cosa en sí.» Si por el intelecto accedemos al fenómeno, por el cuerpo podemos acercarnos a la cosa en sí. Por nuestro cuerpo conocemos lo que el mundo es en sí mismo, "voluntad", necesidad, deseo. El instinto de conservación del individuo (defensa) y el instinto de conservación de la especie (reproducción) son los modos principales de esta voluntad de vivir. En el fondo, el mundo no es sino voluntad, deseo insatisfecho, anhelo insaciable.

Dado que Schopenhauer entiende, siguiendo a Kant, que la causalidad es una categoría del entendimiento (una categoría a-priori aportada por el sujeto) su conclusión es que, si bien los actos voluntarios particulares tienen una finalidad, la voluntad en sí misma (que, por ser en sí, está más allá de todo fenómeno) no tiene causa ni fin alguno. Es una voluntad sin sentido y, por lo tanto, sin posibilidad de alcanzar una realización total. En el fondo, el mundo es un dolor, un sufrimiento sin finalidad ni sentido.

Respecto de nuestra existencia, Schopenhauer dice que nuestra vida «oscila como un péndulo entre el dolor y el hastío». Cuando queremos algo sufrimos porque no lo tenemos. Cuando lo logramos, o comenzamos a desear otra cosa (nuevo dolor) o ya no deseamos nada (hastío). Estamos encerrados en este círculo.

Así pues, Schopenhauer es el primero que hace de un sentimiento específico, el dolor, una aparición patente del ser mismo, la primera manifestación del hombre en el mundo. Dentro de una voluntad metafísicamente siempre insatisfecha al carecer de fin, en la interpretación de Schopenhauer, una bipolaridad sentimental dolor/placer constitutiva del ser queda definitivamente inclinada en una constante y ontológica negación de la felicidad. Esta condición primaria hace que los sentimientos adquieran una potencia de realidad subjetiva recurrente en nosotros que convierte a la afectividad en un proceso que supera a la voluntad y a la representación. Observación que en una perspectiva nietzscheana representa una concepción de los sentimientos separada del pesimismo de Schopenhauer, ajena al imperio de la voluntad.
De todas formas, Schopenhauer tiene una propuesta: huir del mundo. No acepta el suicidio como camino, porque el suicida no renuncia a la vida sino a la vida que le ha tocado vivir, buscando otra mejor. Sí reconoce como alternativas válidas la contemplación artística y la vida ética. Quien contempla algo bello lo admira pero no pretende lo observado para sí. Suspende por un instante el deseo, la voluntad, y durante ese instante se escapa de este mundo. Pero esta salida es para pocos, e incluso para esos pocos dura poco tiempo. Por ello, el camino más recomendable es el de la vida ética. El sabio sabe que, en el fondo, él y los demás son lo mismo. Supera todo egoísmo y vive la mayor de las virtudes, la piedad. El sabio sufre tanto su dolor como el ajeno y hace lo posible por aliviarlo. Si se quiere lograr una perfección mayor, se puede intentar vivir la "santidad", la negación de la voluntad de vivir. Así se logra una perfecta indiferencia y una castidad perfecta.

Sobre el final de su vida, Schopenhauer comenzó a cobrar notoriedad, y su obra, antes vendida como papel, fue reimpresa y se agotó rápidamente.

La filosofía de Schopenhauer influyó en el joven Nietzsche, quien luego de leer El mundo como voluntad y representación se hizo ferviente discípulo suyo (sin conocerlo personalmente, porque para ese entonces ya había muerto). También influyó sobre el pensamiento del joven Freud, quien cuenta en sus cartas que se reunía con otros colegas para leer a Schopenhauer.



Algunas wikiquotations ¡en orden alfabético!

"Cuanto más vulgar e ignorante es el hombre, menos enigmático le parece el mundo; todo lo que existe y tal como existe le parece que se explica por sí solo, porque su inteligencia no ha rebasado aún la misión primitiva de servir a la voluntad en calidad de mediadora de motivos."

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D
"De vez en cuando se aprende algo, pero se olvida el día entero."
"Deambulamos en el laberinto de nuestras vidas y en la oscuridad de nuestras investigaciones; momentos de claridad iluminan nuestro camino como reverberaciones de relámpagos."
"Debo confesarlo sinceramente. La vista de cualquier animal me regocija al junto y me ensancha el corazón, sobre todo la de los perros, y luego la de todos los animales en libertad, aves, insectos, etc. Por el contrario, la vista de los hombres excita casi siempre en mi una aversión muy señalada, por que con cortas excepciones, me ofrecen el espectáculo de las deformidades mas horrorosas y variadas: fealdad física, expresión moral de bajas pasiones y de ambición despreciable, síntomas de locura y perversidades de todas clases y tamaños; en fin, una corrupción sórdida, fruto y resultado de hábitos degradantes. Por eso me aparto de ellos y huyo a refugiarme en la naturaleza, feliz al encontrar allí a los brutos".

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E
"El desear la inmortalidad para el individuo es realmente lo mismo que desear perpetuar un error por siempre; porque en el fondo cada individualidad es realmente sólo un error especial, un paso falso, algo que mejor no sería, de hecho, algo de lo cual el propósito real de la vida es el sacarnos."
"El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros los que las jugamos."
"El hombre puede, acaso, hacer lo que quiere; pero no puede querer lo que quiere."
"En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino música hecha realidad."
"En nuestra parte monogámica del mundo, se llama 'casados' reducen a la mitad sus derechos y duplican sus obligaciones."
"Estaría bastante en lo cierto si afirmase que la así llamada filosofía de este Hegel es una colosal mistificación, que proveerá a la posteridad con una inagotable fuente de risas a costa de nuestro tiempo, que es una pseudo-filosofía que paraliza la mente, asfixia todo pensamiento real, y, mediante el más inaceptable uso del lenguaje, pone en su lugar la cháchara más vacía, sin sentido, sin pensamiento, y, como ha sido confirmado por su éxito, la que mejor consigue adormecer a la inteligencia."
Fuente: Arthur Schopenhauer, On the Basis of Morality, trans. E.F.J.Payne (Indianapolis: Bobbs-Merrill, 1965), pp.15-16.

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H
"Hay solamente un error congénito y es la noción de que existimos para ser felices."
"Hay que pensar como la minoría y hablar como la mayoría."

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L
"La amabilidad es como una almohadilla, que aunque no tenga nada por dentro, por lo menos amortigua los embates de la vida."
"La cantidad de rumores inútiles que un hombre puede soportar es inversamente proporcional a su inteligencia."
"La conmiseración con los animales está íntimamente unida con la bondad de carácter; de tal manera que se puede afirmar, de seguro, que quien es cruel con los animales no puede ser buena persona."
"La felicidad es solamente la ausencia del dolor."
"La genialidad es tan útil para la vida práctica como un telescopio cósmico en el teatro."
"La mosca debe ser tomada como el símbolo de la impertinencia y la audacia; porque en tanto que los demás animales le huyen al hombre más que a otra cosa, y corren antes que él se les acerque, la mosca se posa sobre su nariz misma."
"La mujer es un animal de cabellos largos e ideas cortas."
"La riqueza semeja al agua de mar: cuanto más se bebe de ella, tanto más sediento se vuelve uno."
"La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes."
"La vida oscila entre el dolor y el hastío"
"Las religiones, como las luciérnagas, necesitan de la oscuridad para brillar."
"Lo que la lluvia es para el fuego, eso es la lástima para la ira".
"Los hombres vulgares han inventado la vida de sociedad porque les es más fácil soportar a los demás que soportarse a sí mismos."
"Los hombres vulgares sólo piensan en cómo pasar el tiempo. Un hombre inteligente procura aprovecharlo."

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M
"Me dicen que abra los ojos y contemple las bellezas que el sol alumbra; que admire sus montañas, sus valles, sus torrentes, sus plantas, sus animales y no sé cuantas cosas más. Pero entonces, ¿el mundo no es más que una linterna mágica?. Ciertamente el espectáculo es espléndido, pero en cuanto a representar allí algún papel, eso es otra cosa".
"Muchas veces las cosas no se le dan al que las merece más, sino al que sabe pedirlas con insistencia."

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N
"No hay ningún viento favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige."
"No lo que las cosas son realmente, sino lo que son para nosotros según nuestra interpretación nos hace felices o infelices." (Epicteto)
"Nuestro mundo civilizado no es más que una mascarada donde se encuentran caballeros, curas, soldados, doctores, abogados, sacerdotes, filósofos, pero no son lo que representan, sino solo la mascara, bajo la cual, por regla general, se esconden especuladores de dinero".

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P
"Para millones y millones de seres humanos el verdadero infierno es la tierra."
"Pocas veces pensamos en lo que tenemos; pero siempre en lo que nos falta."
"Predicar moral es fácil, mucho más fácil que ajustar la vida a la moral que se predica."

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Q
"Querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. Cuanto más elevado es el ser, más sufre... La vida del hombre no es más que una lucha por la existencia, con la certidumbre de resultar vencido. La vida es una cacería incesante, donde los seres, unas veces cazadores y otras, cazados, se disputan las piltrafas de una horrible presa. Es una historia natural del dolor, que se resume así: querer sin motivo, sufrir siempre, luchar de continuo, y después morir... Y así sucesivamente por los siglos, de los siglos hasta que nuestro planeta se haga trizas".

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S
"Sería bueno comprar libros, si se pudiera comprar a la vez el tiempo para leerlos; pero casi siempre se confunde la compra de los libros con la apropiación de su contenido."
"Sólo se puede ser totalmente uno mismo mientras se está solo: quien, por tanto, no ama la soledad, tampoco ama la libertad; pues únicamente si se está solo se es libre."

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T
"Tanto prevalece la salud por sobre todos los bienes exteriores que probablemente un mendigo sano sea más feliz que un rey enfermo."
"Toda sociedad exige, necesariamente, un acomodamiento recíproco, un temperamento; así cuanto más numerosa es, más insípida se hace. No se puede ser verdaderamente uno mismo, sino mientras está uno sólo; por consiguiente, quien no ama la soledad, no ama la libertad, porque no es uno libre sino estando solo".
"Toda vida es sufrimiento."
"Todo nuestro mal viene {del hecho} de que no podemos estar solos."

July 23, 2007

El árbol de la vida y el árbol de los filósofos

Mario Satz
“Arbol es también –escribe Dom Pernety en su Diccionario mito-hermético– el nombre que los filósofos a la materia de la Piedra Filosofal, porque es vegetativa. El Gran Arbol de los Filósofos es su Mercurio, su Tintura, su Principio y su Raíz. Otras veces es la obra de la Piedra… El Cosmopolita, en su Enigma dirigido a los Niños de la Verdad, explica que fue transportado a una isla ataviada con todo aquello que la naturaleza produce de más precioso, y entre otras cosas dos árboles, uno solar y el otro lunar, es decir que uno de ellos produce Oro y el otro Plata.”[1] Tras esta reflexión que nos indica una movimiento hacia un eje, una feliz coincidentia oppositorum, la del tiempo (lunar) que debe descubrir su realidad luminosa eterna (solar) en un espacio individualizado, el de la isla, Pernety agrega que “el Arbol de la Vida es el nombre que los Filósofos Herméticos han dado, en ocasiones, a su Mercurio, pero con más frecuencia a su Elixir, porque entonces es la Medicina de los tres Reinos o su Panacea Universal que resucita a los muertos, es decir a los metales imperfectos, a los que eleva a la perfección de la plata si es el blanco, y al oro si es el rojo”.

Cuando el poeta Goethe anotó en su Fausto: “Gris es toda teoría y verde y dorado el árbol de la vida”, estaba haciéndose eco de un arquetipo de larga data a la vez que planteaba, dentro del gran organigrama de su pensamiento, que el grado máximo de armonía viviente es vegetal antes que animal, hijo de sus nexos antes que de su libertad y dinamismo, vertical en su aspiración antes que horizontal en su dinámica. El árbol que él considera verde y dorado es una secreta y premonitoria visión del proceso de fotosíntesis, llevado a cabo por una estrella amarillo dorada de intensidad media –el sol– sobre las hojas y el manto vegetal, origen de la vida en nuestro planeta. Gris, gris mineral, por bella que sea una teoría tiene algo de estático e inerte, y por eso, en el fondo, no nos satisfacen los números y las ideas tanto como un elástico, fragante y verde follaje bajo cuyas sombras reposamos nuestros cuerpos. Aspirando al cielo por su copa, sujetando el infierno mediante sus raíces, el árbol tiene en el tronco un modelo preciso de la tierra como espacio medio, como puente. El árbol, pues, es el gran articulador de estratos y niveles, el modelo más acabado de síntesis orgánica.

Todas las culturas y pueblos de la Antigüedad han venerado un árbol determinado. Así, por ejemplo, para los celtas, la encina era sagrada y sus bellotas comidas ritualmente. Los escandinavos veían a su árbol mágico en el fresno; entre los pueblos germanos la veneración se la llevaba el tilo; en la India era la higuera o ficus religiosa; entre los hebreos y los árabes la palmera y para los chinos, para los chinos su inmenso país tenía tres amigos predilectos: el bambú, el ciruelo, y el pino. A su vez, estos Tres Amigos, que así se los llamaba, aludían a la flexibilidad, la belleza y la verde lozanía, tres de las cualidades que el taoísmo consideraba indispensables para vivir una vida sana y longeva. Por su capacidad para unir los tres mundos o niveles: el subterráneo, terrestre y celeste, el árbol se constituye también como eje, axis mundi, razón por la cual los indios norteamericanos de las planicies, al confeccionar sus viviendas o tipis, erguían en el centro un tronco de abedul o de abeto como pilar cósmico en torno del cual giraban, por encima, las estrellas, y por debajo los rituales de los seres humanos.

Siglos después de haber establecido la cruz como su emblema de identidad, y basándose en un pasaje del Apocalipsis 22:14, los cristianos la identificaron con el Arbol de la Vida, pintándola, a lo largo y ancho de la Edad Media y en muchas ocasiones, verde y con los cantos rojos, asumiendo así una polaridad cromática de extraordinaria veracidad al mismo tiempo que culminando un proceso imaginario en el que la Biblia se hallaba inmersa, por lo menos, desde los primeros salmos en relación a la figura del Arbol de la Vida, pues si éste había devenido cruz por el misterio de la encarnación, la cruz, a su vez, debido a su fuerte connotación resurrectora tras la inevitabilidad de la muerte, se había convertido en árbol viviente dispensador de toda clase de gracias y alimentos anímicos.

Aquellas tradiciones que conservan la idea de un Arbol de la Vida y un Arbol de la Muerte, reflejan –a decir de los entendidos– una muy antigua creencia relativa a lo lícito o lo prohibido en el orden alimenticio, creencia que el tiempo deformó o transformó a su gusto. De tal manera que en el libro del Génesis ese árbol de la muerte es, en realidad, el de la dualidad o Arbol del Bien y del Mal. Mientras que viviente será todo aquello que, en su esfuerzo de síntesis, trascienda la polaridad incorporándola a una jerarquía más alta, mortal es todo proceso de disolución que separa, para reintegrarlos a una nivel más bajo que aquél en el que se encuentran, a los elementos de un cuerpo o una entidad cualquiera. Entre los clásicos confucianos el árbol era además símbolo de venerable respeto por la ancianidad, marca de persistencia, muestra de continuidad ininterrumpida a la vez que fidelidad al suelo del que se brota. El ideograma que lo nombra y refleja, mu es también el que señala la madera.

En tanto que los árboles terrestres siguen un orden progresivo que va de la semilla al fruto, de lo pequeño a lo grande, los árboles celestes o míticos aparecen invertidos, proceden de alguna estrella o sol remoto que, al expandirse en enjambres de luces y partículas encendidas, se ramifica a ras del horizonte. Por ejemplo, un pasaje de las Upanishads da cuenta de un árbol cósmico llamado ashvattha cuyas raíces están en el cielo y cuya copa frota la tierra. Ese árbol es un modelo de Brahman, el Ser Supremo, que procede de lo invisible a lo visible, de lo inaudible a lo audible, y cuyas ramas y hojuelas –dice el citado texto– son los himnos y las plegarias que entonamos. Por su parte, para la Kábala zohárica del siglo XIII, el “Arbol de la Vida se extiende desde lo alto y hacia lo bajo y el sol lo ilumina enteramente. Una herniosa página sánscrita de las Upanishads[2] agrega: “El Señor de la Muerte habla del árbol cósmico que arraiga en el Ser, el Alma cósmica: ‘Esa es la higuera eterna, que tiene Sus raíces en lo alto y sus ramas en lo bajo. Esa es a raíz de lo puro, es el Ser, es lo Inmortal. Todos los mundos se asientan en ella, y nadie puede pasar más allá. Esa es la verdad. Su forma no es visible, Pues nadie la percibe con el ojo. Solo el corazón, el pensamiento y la mente rueden concebirla. Aquellos que saben eso, alcanzan la inmortalidad’”. Y Tal vez no sea casual que los ashvins o “hijos del sol” se alimenten espiritualmente de ese árbol, el ashvattha, así como los kabalistas se alimentan del Arbol de la Vida o etz ha-jaim.

En la mitología nórdica existe un árbol llamado yggdrasil que, hundiendo sus raíces en el corazón de la tierra extiende su copa por la totalidad del cielo. Existen infinidad de cuentos populares en Los cuales las raíces de los árboles guardan preciosos tesoros protegidos por dragones y serpientes –obviamente retorcidas como aquéllas–, tesoros que, en definitiva. hablan del si-mismo y cuyos valores ocultos, al ser descubiertos, reintegran las distintas partes de la personalidad buscadora. Entre los kabalistas el árbol o etz ( ץט = 160) es, por su guematria o valor numérico, equivalente a tzlem ( סלצ = 160), la imagen suprema, el modelo más íntegro de perfección espiritual, verdad que, humanamente hablando, puede hallarse también en lo que cada una de las dos letras de árbol, etz, propone a la otra: ט ain, el ojo, frente a tzade, צ, la justicia, señala una tendencia a la rectitud, un deseo de verticalidad, Justo es el ojo habituado al árbol. Justo es el boddhisattva bajo la higuera sagrada, justo el druida que predica y poetiza junto al roble; justo el mago persa ante el ciprés. Y justo es, por fin, aquél del cual el Salmo 92 dirá que “florecerá como la palmera”.

Por otra parte, y en el pensamiento de nuestra especia, diferentes opciones imaginarias determinan los árboles según sean caducifolios o de hoja perenne, pues las hojas que se marchitan, mueren y desaparecen pero no tarden en volver, aluden a la muerte y resurrección, mientras que Las perennes aluden a la inmortalidad.



El árbol filosófico, J.D. Mylius, Anatomia auri, Francfort, 1628

Filón de Alejandría, un filósofo del siglo II, pensaba que el Arbol de la Vida estaba en el corazón del hombre, y siguiendo una idea semejante el Libro de la claridad o Bahir consignará que: “La palmera simboliza la columna vertebral del hombre, su pilar esencial. Siendo así que la palabra lulab ( בלול ) contiene las letras lámed-bet ( בל ) más el prefijo que denota un pronombre posesivo de tercera persona, lo ( ול ), y hay que ofrecerle el corazón al Creador, lo leb (בל ול ). ¿Y qué significan –prosigue el Libro de la claridad– las consonantes lámed-bet? Aluden a los misteriosos 32 senderos de la sabiduría, delicadamente ocultos, que confluyen hacia el corazón y cada uno de los cuales está regido por una forma especial, de las cuales se dice en el Génesis 3:24: “Para guardar el camino del Arbol de la Vida”. Esta idea fundamental, por otra parte, estaba ya prefigurada en Proverbios 3:18, en donde se compara el Arbol de la Vida con la sabiduría. “Ella ­–anota el citado pasaje–, la sabiduría, es Arbol de Vida a los que le echan mano”. El estudiante, entonces, el explorador psíquico, irá, descubrimiento tras descubrimiento y hoja tras hoja, fotosintetizando luz.

En su precioso libro Introducción a los símbolos[3], Champeaux y Sterckx escriben que: “El esquema general y natural del templo es el paisaje elemental constituido por la colina o el tumulus con su gruta; las piedras, el árbol y el manantial, pues tales fueron, en los comienzos, los bosques sagrados: sitios de meditación y recogimiento. El locus de los romanos y el alsos de los griegos. Cuando, más tarde, nació la arquitectura, el templo se convirtió en una casa, y sus componentes minerales y vegetales se traspusieron para constituir los elementos mismos del edificio. Mientras el recinto, virtual o rudimentario, se convertía en los muros, los árboles se transformaban en pilares, la piedra venía a ser el altar, la gruta daba nacimiento al nicho o ábside y el techo era asimilado al cielo. Esa curiosa analogía entre la catedral y el bosque, entre sus columnas de piedra y los abetos y pinos ritualizados por los siglos, no es privativa de la tradición cristiana: en el Islam, ciertas mezquitas como la de Córdoba traducen en términos arquitectónicos un palmeral y un oasis, constituyéndose como sitios de refugio cultural que evocan paisajes primordiales y felices.

Probablemente todas las especulaciones kabalísticas en torno a la imagen del árbol sefirótico provengan del pasaje de Oseas 14:8 que dice: “Y yo seré a él (el ser humano) como el haya verde; de mí será hallado tu fruto”, frase en medio de la cual el árbol mencionado, berosh ( שודב ), identificable como el ciprés aunque se lo traduzca como haya, es motivo de admiración por estar siempre verde. Que se trata de un árbol al que se pude acceder explorando los secretos en silencio lo sabemos por su numerología, que equivale a la de labrar y callar ( berosh, שודב = 508 = שדה, jarash ). Si, apelando a lo que la Kábala denomina tziruf o permutación de una letra por otra, en este caso la vav por alef ( ו por א ),leemos berosh, en la cabeza ( שאדב ), sabiendo que nuestras dendritas neuronales son, en realidad, “pequeños arbolitos”, llegamos a la conclusión de que el Arbol de la Vida también podría verse reflejado en la sección medial del vermis cerebeloso, llamada, precisamente, así: árbol de la vida. Grimm, el genial antólogo y filólogo alemán, examinando las voces teutónicas que significan templo, ha observado que provienen de viejas denominaciones para bosque natural, de tal modo que entrar al templo es, en realidad, entrar al bosque de nuestras propias neuronas, las cuales contienen el vibrante mensaje de las ondas alfa o alef ( א ).

El culto, la veneración de los árboles y del ciclo vegetal procede del descubrimiento de la agricultura en el período neolítico, aunque mucho antes, en nuestra época de nómades recolectores, admiráramos su belleza y nos aprovecháramos de sus frutos. En la transición de lo nómade a lo sedentario, del cazador al agricultor, el árbol es contemplado en todo su ciclo vital y, al descubrirse el poder de sus semillas bajo tierra, se revela también la ventaja de asistirlo, cuidarlo y permanecer junto a él. “Si los huesos y la sangre –escribe Mircea Eliade (en el mundo de los cazadores) habían representado, hasta entonces, la esencia de la sacralidad de la vida, en adelante (a partir de la agricultura) esta tomará cuerpo en el esperma y las simientes. Habiendo tenido un papel fundamental en el descubrimiento del arte de cultivar la tierra y en la domesticación de las plantas silvestres, las mujeres se convirtieron en propietarias de los campos”[4].

Una leyenda china[5] consigna que: “En el mismo centro del universo –allí donde debería estar la ciudad capital perfecta­– se levanta un árbol maravilloso que reúne nueve fuentes con nueve cielos, y los bajos fondos del mundo tanto como su cumbre. Se le llama el Bosque enderezado o recto, Kien Mu, y de él se dice que a mediodía nada de lo que está a su lado proyecta sombra. Aquí el árbol es visto, nuevamente, como axis mundi. Tampoco el luminoso árbol de Navidad se escapa a esta imagen de lo que carece de sombras.

“¿Qué es, pues –se pregunta el antropósofo Julius en su libro de botánica oculta[6]– aquello que llamamos el contenido vital de una planta? El resultado, la consecuencia de la lucha entre la idea y la materia; la objetivación gradual de la idea en la materia a la vez que su paulatina idealización. Mientras crece y florece la planta, la idea vence a la materia; cuando la planta envejece, la idea se desvigoriza hasta extinguirse por completo con la muerte, momento en el que sólo reina la materia”. La idea del árbol representa, por ello, la síntesis modélica de todas nuestras tendencias vitales, la manera en que éstas recogen sus dispersiones y anudan sus propósitos, de ahí que la Biblia compare al justo con el Arbol de la Vida o etz ha-jaím ( םייחה ץע = 233), cuya figura se torna, con el tiempo, al igual que la imagen del árbol, uniendo lo variable con lo constante, memorable, zjur ( רובז = 233 ). Sin saber que la Kábala conocía desde antiguo esa concepción, Atahualpa Yupanqui, el cantor y folklorista argentino, escribió: “El árbol que tú olvidaste todavía se acuerda de ti.”

“Sin cesar –escribió el poeta Andrè Suarés– el árbol toma impulso y estremece sus hojas, sus innumerables alas”. Sólo que no se trata de un vuelo desprendido sino in situ. Arraigado en la tierra que lo ve nacer. “Como el árbol –anota Bachelard[7]–, el hombre es un ser en el cual unas fuerzas confusas vienen a ponerse en pie… La vida vegetal, si está en nosotros, nos da la tranquilidad del ritmo lento, la respiración de su aquiescencia. Sí, el árbol es el gran ser del ritmo, el verdadero ser del ritmo anual. Él es el más claro, el más exacto, el más seguro, el más rico, el más exuberante en sus manifestaciones rítmicas, pues la vegetación no conoce la contradicción. Llegan las nubes para contradecir al sol del solsticio, pero ninguna tempestad impide al árbol verdecer a su hora.”

A ese gigantesco pulmón externo que es cada árbol le corresponde, en nuestro interior, el árbol bronquial. Mientras que, generoso, el árbol desprende oxígeno por sus hojas, atento y solícito nuestro pulmón lo absorbe a través de la red de bronquios, bronquiolos y alvéolos que integran un modelo inverso y a escala reducida del gigante exterior. El árbol tiene, pues, una actividad centrífuga en relación al oxígeno, mientras que la nuestra es centrípeta. El mundo vegetal íntegro parece regido por la ley de la endotermia o calor interior, en tanto que en la esfera de lo animal –a la que pertenecemos como especie–, domina lo exotérmico. Quizás por esa causa, y en las técnicas de meditación de todas las culturas y países, se intenta regresar de lo exotérmico a lo endotérmico sometiendo durante ciertos períodos la libertad animal a la paz vegetal, la inquietud dinámica espacial a la serenidad estática de un tiempo que busca detenerse o, por lo menos, atenuar la velocidad de su curso. No pudiendo ser enteramente árbol el ser humano sueña que, por las hojas de sus verdes actos, puede crecer hasta el más alto cielo de su comprensión.



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[1] Dom Antoine-Joseph Pernety: Diccionario mito-hermético, Indigo, Barcelona 1993.

[2] G. Parrinder: La sabiduría del bosque, Lidium, Buenos Aires, 1983.

[3] Gerard de Champeaux: Introducción a los símbolos, Encuentro Ediciones, Madrid 1985.

[4] Mircea Eliade: Historia de las ideas y creencias religiosas, Cristiandad, Madrid 1975.

[5] Marcel Granet: El pensamiento chino, Uteha, México, 1959.

[6] F. Julius: Metamorfosis, México 1978.

[7] G. Bachelard: La poética del espacio, Fondo de Cultura, México 1965.


Revista "Sufi"
www.nematollahi.org

July 14, 2007

Los jueces británicos se sacan la peluca


Los jueces británicos se sacan la peluca para ahorrar u$s 600 mil en gasto público
Los jueces de cortes civiles de Inglaterra y Gales pondrán fin a una tradición de más de 200 años en Gran Bretaña y dejarán de llevar las tradicionales pelucas blancas en los juicios.

Los magistrados de casos civiles y de familia dejarán también de utilizar las capas rojas, y comenzarán a vestir túnicas negras simples, lo que significará un ahorro de unos 600.000 dólares anuales al erario público.

La excepción a las reformas serán los jueces distritales o de las Cortes Reales, quienes seguirán llevando las pelucas y las capas.

La decisión fue anunciada por el lord de Justicia, Charles Phillips, quien considera que la vestimenta elaborada perpetúa una imagen de los jueces totalmente alejada de la realidad y envuelta en tradiciones innecesarias.

Por su parte, los jueces de casos criminales también seguirán llevando la peluca, ya que consideran que ese atavío, que data del siglo XVIII, sirve para mantener la "dignidad" de los juicios y los ayuda a protegerse a la hora de ser reconocidos por acusados en pubs y comercios.

Además, se informó que dejarán de utilizar las capas rojas y doradas los jueces de la Corte Suprema, quienes llevarán una túnica negra, la cual aún no fue diseñada hasta hoy.

Los seres humanos sufrimos un avanzado caso de autoengaño, afirma Alex Pentland. Nos agrada vernos como seres libres y conscientes, autosuficientes y alejados de otros animales por nuestra capacidad de razonar. Pero si observamos a la gente de cerca, propone Pentland, veremos que somos mucho más instintivos y mucho más parecidos a otras criaturas de lo que creemos.

Pentland lo ha hecho en el laboratorio de medios del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT, según sus siglas en inglés). Por medio de un dispositivo electrónico monitoreó las actividades diarias de estudiantes, investigadores y ejecutivos que visitan ese centro.

Lo que halló es que el 90% de lo que la mayoría de la gente hace durante el día es tan rutinario que su conducta podría ser prevista con sólo unas pocas ecuaciones matemáticas. Estos descubrimientos son parte de una silenciosa explosión de trabajo psicológico que pone a la conducta humana bajo una misteriosa luz.

"Es difícil aceptarlo -dice el psicólogo John Bargh de la Universidad de Yale-, pero la mayor parte de la vida cotidiana de una persona está determinada no por sus intenciones conscientes y sus elecciones deliberadas, sino por procesos mentales puestos en movimiento por el entorno."

En otras palabras, la mayor parte del tiempo reaccionamos instintivamente ante el mundo que nos rodea. Si ése es el caso, entonces sería mejor que los científicos aprendieran a traer el mundo escondido de las influencias no conscientes a la luz, que es lo que Pentland espera hacer con sus sensores electrónicos.

"Deberíamos reunir datos y examinarlos como un biólogo", asegura, antes de decidir cómo explicar mejor las acciones humanas. Los investigadores que estudian a los animales comienzan a partir de la idea de que las acciones de los animales provienen mecánica y automáticamente sólo de sus instintos. Por el contrario, los psicólogos tienden a ver a la gente como a individuos que actúan sobre la base de pensamientos conscientes.

La idea de Pentland es que podemos explicar y aun predecir mucho de lo que la gente hace sin siquiera referirnos a sus palabras o pensamientos conscientes.

Predicciones acertadas

Pentland y sus colegas crearon sensores portátiles del tamaño de un atado de cigarrillos a partir de teléfonos celulares, usando las señales de las bases de los celulares o de satélites internacionales para rastrear la localización de la persona en un radio de 2 metros.

También tienen un medidor de aceleración que monitorea hasta los mínimos movimientos de la parte superior del cuerpo y un micrófono para registrar los variados aspectos de la conversación. La información es bajada a las computadoras en intervalos regulares para permitirles analizar cualquier patrón significativo.

En numerosos experimentos siguieron a cientos de personas que llevaban los sensores durante semanas o meses. En un estudio, el equipo de Pentland monitoreó a personas que asistían a una conferencia de negocios y trató de predecir quién intercambiaría tarjetas personales.

Uno podría esperar que esto requiriera algún conocimiento de la información que los presentes intercambiaban, para ver si se descubría algún interés en común. Sin embargo, los investigadores encontraron que podían predecir el intercambio de tarjetas con un 80% de certeza sólo buscando una "señal social" particular.

La señal clave en este caso fue lo que apodaron "excitación", que implica la aparición de ciertos pequeños movimientos corporales junto a una pronunciada modulación tanto en volumen como en tono del habla. "Actúan como niños excitados y en movimiento", dice Pentland.

Al ignorar las palabras y pensamientos y centrarse en las señales sociales solamente, las predicciones del grupo llegaron a un nivel desconcertante de perfección en algunos casos. En un estudio en las oficinas de Vetex, una de las más grandes empresas de centros de llamadas del Reino Unido, Pentland pudo predecir con un 87% de exactitud si la llamada de un operador telefónico terminaría en una venta sólo con escuchar su voz grabada durante unos pocos segundos.

Si estos resultados se hubieran dado en monos u otros animales, sostiene Pentland, apenas hubieran sorprendido. Después de todo, todos sabemos que los animales no piensan demasiado y generalmente actúan por instinto. Entonces, puede ser que lo mismo sea cierto también con nosotros.

Conducta automática

"Los datos sugieren que gran parte de la conducta humana es automática y determinada sólo por los instintos", asegura Pentland. Robert Provine, psicólogo de la Universidad de Maryland, va aún más lejos. Sospecha que sólo pensamos que actuamos conscientemente porque una voz interior es tan hábil como para dar razones y explicaciones de nuestra conducta generada inconscientemente.

Otros piensan que tales interpretaciones van demasiado lejos. Sostienen que claramente somos capaces de un pensamiento consciente y que nuestras capacidades mentales sin duda exceden las de otros animales: ningún mono podrá reproducir jamás el razonamiento que llevó a Einstein a la teoría de la relatividad, ni a los cálculos cotidianos que realizamos todos los días, tales como comparar productos o planear nuestras finanzas.

Pero si la toma de decisiones y la conducta inconscientes son más importantes de lo que los psicólogos y científicos sociales han sospechado tradicionalmente, eso despierta la cuestión más profunda respecto de qué es lo que esta forma instintiva de pensar hace por nosotros y cómo puede complementar al pensamiento consciente.

Por Mark Buchanan
De New Scientist

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