Rashomon
[Cuento. Texto completo]
Ryonusuke Akutagawa
Era un frío atardecer. Bajo Rashomon, el sirviente de un samurai esperaba que cesara la lluvia. No había nadie en el amplio portal. Sólo un grillo se posaba en una gruesa columna, cuya laca carmesí estaba resquebrajada en algunas partes. Situado Rashomon en la Avenida Sujaltu, era de suponer que algunas personas, como ciertas damas con el ichimegasa1 o nobles con el momiebosh2, podrían guarecerse allí; pero al parecer no había nadie fuera del sirviente. Y era explicable, ya que en los últimos dos o tres años la ciudad de Kyoto había sufrido una larga serie de calamidades: terremotos, tifones, incendios y carestías la habían llevado a una completa desolación. Dicen los antiguos textos que la gente llegó a destruir las imágenes budistas y otros objetos del culto, y esos trozos de madera, laqueada y adornada con hojas de oro y plata, se vendían en las calles como leña. Ante semejante situación, resultaba natural que nadie se ocupara de restaurar Rashomon. Aprovechando la devastación del edificio, los zorros y otros animales instalaron sus madrigueras entre las ruinas; por su parte ladrones y malhechores no lo desdeñaron como refugio, hasta que finalmente se lo vio convertido en depósito de cadáveres anónimos. Nadie se acercaba por los alrededores al anochecer, más que nada por su aspecto sombrío y desolado.
En cambio, los cuervos acudían en bandadas desde los más remotos lugares. Durante el día, volaban en círculo alrededor de la torre, y en el cielo enrojecido del atardecer sus siluetas se dispersaban como granos de sésamo antes de caer sobre los cadáveres abandonados.
Pero ese día no se veía ningún cuervo, tal vez por ser demasiado tarde. En la escalera de piedra, que se derrumbaba a trechos y entre cuyas grietas crecía la hierba, podían verse los blancos excrementos de estas aves. El sirviente vestía un gastado kimono azul, y sentado en el último de los siete escalones contemplaba distraídamente la lluvia, mientras concentraba su atención en el grano de la mejilla derecha.
Como decía, el sirviente estaba esperando que cesara la lluvia; pero de cualquier manera no tenía ninguna idea precisa de lo que haría después. En circunstancias normales, lo natural habría sido volver a casa de su amo; pero unos días antes éste lo había despedido, no obstante los largos años que había estado a su servicio. El suyo era uno de los tantos problemas surgidos del precipitado derrumbe de la prosperidad de Kyoto.
Por eso, quizás, hubiera sido mejor aclarar: “el sirviente espera en el portal sin saber qué hacer, ya que no tiene adónde ir". Es cierto que, por otra parte, el tiempo oscuro y tormentoso había deprimido notablemente el sentimentalismo de este sirviente de la época Heian.
Habiendo comenzado a llover a mediodía, todavía continuaba después del atardecer. Perdido en un mar de pensamientos incoherentes, buscando algo que le permitiera vivir desde el día siguiente y la manera de obrar frente a ese inexorable destino que tanto lo deprimía, el sirviente escuchaba, abstraído, el ruido de la lluvia sobre la Avenida Sujaku.
La lluvia parecía recoger su ímpetu desde lejos, para descargarlo estrepitosamente sobre Rashomon, como envolviéndolo. Alzando la vista, en el cielo oscuro se veía una pesada nube suspendida en el borde de una teja inclinada.
"Para escapar a esta maldita suerte -pensó el sirviente- no puedo esperar a elegir un medio, ni bueno ni malo, pues si empezara a pensar sin duda me moriría de hambre en medio del camino o en alguna zanja; luego me traerían aquí, a esta torre, dejándome tirado como a un perro. Pero si no elijo..."
Su pensamiento, tras mucho rondar la misma idea, había llegado por fin a este punto. Pero ese "si no elijo..." quedó fijo en su mente. Aparentemente estaba dispuesto a emplear cualquier medio; pero al decir "si no..." demostró no tener el valor suficiente para confesarse rotundamente: "no me queda otro remedio que convertirme en ladrón".
Lanzó un fuerte estornudo y se levantó con lentitud. El frío anochecer de Kyoto hacía aflorar el calor del fuego. El viento, en la penumbra, gemía entre los pilares. El grillo que se posaba en la gruesa columna había desaparecido.
Con la cabeza metida entre los hombros paseó la mirada en torno del edificio; luego levantó las hombreras del kimono azul que llevaba sobre una delgada ropa interior. Se decidió por fin a pasar la noche en algún lugar que le permitiera guarecerse de la lluvia y del viento, en donde nadie lo molestara.
El sirviente descubrió otra escalera ancha, también laqueada, que parecía conducir a la torre. Ahí arriba nadie lo podría molestar, excepto los muertos. Cuidando de que no se deslizara su espada de la vaina sujeta a la cintura, el sirviente puso su pie calzado con sandalias sobre el primer peldaño.
Minutos después, en mitad de la amplia escalera que conducía a la torre de Rashomon, un hombre acurrucado como un gato, con la respiración contenida, observaba lo que sucedía más arriba. La luz procedente de la torre brillaba en la mejilla del hombre; una mejilla que bajo la corta barba descubría un grano colorado, purulento. El hombre, es decir el sirviente, había pensado que dentro de la torre sólo hallaría cadáveres; pero subiendo dos o tres escalones notó que había luz, y que alguien la movía de un lado a otro. Lo supo cuando vio su reflejo mortecino, amarillento, oscilando de un modo espectral en el techo cubierto de telarañas. ¿Qué clase de persona encendería esa luz en Rashomon, en una noche de lluvia como aquélla?
Silencioso como un lagarto, el sirviente se arrastró hasta el último peldaño de la empinada escalera. Con el cuerpo encogido todo lo posible y el cuello estirado, observó medrosamente el interior de la torre.
Confirmando los rumores, vio allí algunos cadáveres tirados negligentemente en el suelo. Como la luz de la llama iluminaba escasamente a su alrededor, no pudo distinguir la cantidad; únicamente pudo ver algunos cuerpos vestidos y otros desnudos, de hombres y mujeres. Los hombros, el pecho y otras partes recibían una luz agonizante, que hacía más densa la sombra en los restantes miembros.
Unos con la boca abierta, otros con los brazos extendidos, ninguno daba más señales de vida que un muñeco de barro. Al verlos entregados a ese silencio eterno, el sirviente dudó que hubiesen vivido alguna vez.
El hedor que despedían los cuerpos ya descompuestos le hizo llevar rápidamente la mano a la nariz. Pero un instante después olvidó ese gesto. Una impresión más violenta anuló su olfato al ver que alguien estaba inclinado sobre los cadáveres.
Era una vieja escuálida, canosa y con aspecto de mona, vestida con un kimono de tono ciprés. Sosteniendo con la mano derecha una tea de pino, observaba el rostro de un muerto, que por su larga cabellera parecía una mujer.
Poseído más por el horror que por la curiosidad, el sirviente contuvo la respiración por un instante, sintiendo que se le erizaban los pelos. Mientras observaba aterrado, la vieja colocó su tea entre dos tablas del piso, y sosteniendo con una mano la cabeza que había estado mirando, con la otra comenzó a arrancarle el cabello, uno por uno; parecía desprenderse fácilmente.
A medida que el cabello se iba desprendiendo, cedía gradualmente el miedo del sirviente; pero al mismo tiempo se apoderaba de él un incontenible odio hacia esa vieja. Ese odio -pronto lo comprobó- no iba dirigido sólo contra la vieja, sino contra todo lo que simbolizase “el mal", por el que ahora sentía vivísima repugnancia. Si en ese instante le hubiera sido dado elegir entre morir de hambre o convertirse en ladrón -el problema que él mismo se había planteado hacía unos instantes- no habría vacilado en elegir la muerte. El odio y la repugnancia ardían en él tan vivamente como la tea que la vieja había clavado en el piso.
Él no sabía por qué aquella vieja robaba cabellos; por consiguiente, no podía juzgar su conducta. Pero a los ojos del sirviente, despojar de las cabelleras a los muertos de Rashomon, y en una noche de tormenta como ésa, cobraba toda la apariencia de un pecado imperdonable. Naturalmente, este nuevo espectáculo le había hecho olvidar que sólo momentos antes él mismo había pensado hacerse ladrón.
Reunió todas sus fuerzas en las piernas, y saltó con agilidad desde su escondite; con la mano en su espada, en una zancada se plantó ante la vieja. Ésta se volvió aterrada, y al ver al hombre retrocedió bruscamente, tambaleándose.
-¡Adónde vas, vieja infeliz! -gritó cerrándole el paso, mientras ella intentaba huir pisoteando los cadáveres.
La suerte estaba echada. Tras un breve forcejeo el hombre tomó a la vieja por el brazo (de puro hueso y piel, más bien parecía una pata de gallina), y retorciéndoselo, la arrojó al suelo con violencia:
-¿Qué estabas haciendo? Contesta, vieja; si no, hablará esto por mí.
Diciendo esto, el sirviente la soltó, desenvainó su espada y puso el brillante metal frente a los ojos de la vieja. Pero ésta guardaba un silencio malicioso, como si fuera muda. Un temblor histérico agitaba sus manos y respiraba con dificultad, con los ojos desorbitadas. Al verla así, el sirviente comprendió que la vieja estaba a su merced. Y al tener conciencia de que una vida estaba librada al azar de su voluntad, todo el odio que había acumulado se desvaneció, para dar lugar a un sentimiento de satisfacción y de orgullo; la satisfacción y el orgullo que se sienten al realizar una acción y obtener la merecida recompensa. Miró el sirviente a la vieja y suavizando algo la voz, le dijo:
-Escucha. No soy ningún funcionario imperial. Soy un viajero que pasaba accidentalmente por este lugar. Por eso no tengo ningún interés en prenderte o en hacer contigo nada en particular. Lo que quiero es saber qué estabas haciendo aquí hace un momento.
La vieja abrió aún más los ojos y clavó su mirada en el hombre; una mirada sarcástica, penetrante, con esos ojos sanguinolentos que suelen tener ciertas aves de rapiña. Luego, como masticando algo, movió los labios, unos labios tan arrugados que casi se confundían con la nariz. La punta de la nuez se movió en la garganta huesuda. De pronto, una voz áspera y jadeante como el graznido de un cuervo llegó a los oídos del sirviente:
-Yo, sacaba los cabellos... sacaba los cabellos... para hacer pelucas...
Ante una respuesta tan simple y mediocre el sirviente se sintió defraudado. La decepción hizo que el odio y la repugnancia lo invadieran nuevamente, pero ahora acompañados por un frío desprecio. La vieja pareció adivinar lo que el sirviente sentía en ese momento y, conservando en la mano los largos cabellos que acababa de arrancar, murmuró con su voz sorda y ronca:
-Ciertamente, arrancar los cabellos a los muertos puede parecerle horrible; pero ninguno de éstos merece ser tratado de mejor modo. Esa mujer, por ejemplo, a quien le saqué estos hermosos cabellos negros, acostumbraba vender carne de víbora desecada en la Barraca de los Guardianes, haciéndola pasar nada menos que por pescado. Los guardianes decían que no conocían pescado más delicioso. No digo que eso estuviese mal pues de otro modo se hubiera muerto de hambre. ¿Qué otra cosa podía hacer? De igual modo podría justificar lo que yo hago ahora. No tengo otro remedio, si quiero seguir viviendo. Si ella llegara a saber lo que le hago, posiblemente me perdonaría.
Mientras tanto el sirviente había guardado su espada, y con la mano izquierda apoyada en la empuñadura, la escuchaba fríamente. La derecha tocaba nerviosamente el grano purulento de la mejilla. Y en tanto la escuchaba, sintió que le nacía cierto coraje, el que le faltara momentos antes bajo el portal. Además, ese coraje crecía en dirección opuesta al sentimiento que lo había dominado en el instante de sorprender a la vieja. El sirviente no sólo dejó de dudar (entre elegir la muerte o convertirse en ladrón) sino que en ese momento el tener que morir de hambre se había convertido para él en una idea absurda, algo por completo ajeno a su entendimiento.
-¿Estás segura de lo que dices? -preguntó en tono malicioso y burlón.
De pronto quitó la mano del grano, avanzó hacia ella y tomándola por el cuello le dijo con rudeza:
-Y bien, no me guardarás rencor si te robo, ¿verdad? Si no lo hago, también yo me moriré de hambre.
Seguidamente, despojó a la vieja de sus ropas, y como ella tratara de impedirlo aferrándosele a las piernas, de un puntapié la arrojó entre los cadáveres. En cinco pasos el sirviente estuvo en la boca de la escalera; y en un abrir y cerrar de ojos, con la amarillenta ropa bajo el brazo, descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche.
Un momento después la vieja, que había estado tendida como un muerto más, se incorporó, desnuda. Gruñendo y gimiendo, se arrastró hasta la escalera, a la luz de la antorcha que seguía ardiendo. Asomó la cabeza al oscuro vacío y los cabellos blancos le cayeron sobre la cara.
Abajo, sólo la noche negra y muda.
Adónde fue el sirviente, nadie lo sabe.
FIN
1. Sombrero antiguo para dama, de paja o tela laqueada, según la clase social. Designa a la dama que emplea dicho sombrero.
2. Antiguo gorro empleado por los nobles y samurais. Designa a los nobles o samurais que llevan dicho gorro.
April 24, 2006
Fui a ver Flores Rotas
y ahora me quiero conseguir "Ghost Dog"
acá pegué un comentario que encontré de la peli:
Las películas de Jim Jarmusch suelen ser difíciles de olvidar. El jefe de jefes del cine independiente estadounidense escribe y dirige Ghost Dog. El Camino del Samurai, narrada de acuerdo con los capítulos de un manual para la correcta formación de un guerrero.
Ghost Dog no es un escaparate para patadas y golpes voladores. Es una reelaboración visceral de las películas de mafiosos. "Un thriller existencial" (por ponerle alguna etiqueta) inundado de gángsters viejos, apáticos y temerosos; una película violenta en extremo que, sin embargo, tiene poca acción, dueña de una trama de venganza.
El guerrero en este caso, de Nueva York, es un asesino a sueldo afro-americano que se hace llamar Ghost Dog (Forest Whitaker), que sigue la filosofía del maestro samurai Tsunetomo Yamamoto en su libro Hagakure: El camino del Samurai (publicado en 1716).
Vive en una azotea, y la única forma que tiene la mafia de contactarlo es mediante las palomas mensajeras que el mercenario cría. Este matón procura meditar sobre la disciplina y encierro que necesita un guerrero antes de emprender cualquier trabajo. Su único amigo es un vendedor de helados francés, Raymond, que no sabe hablar inglés. La lectura ferviente es otra de sus armas. Gracias a los libros, este guerrero urbano entabla una amistad con una niña, a quien termina por obsequiar el manual del samurai.
Ghost Dog es un solitario que viste como vagabundo. El hombre sirve con pasión y completa alineación a un mafiosillo de poca monta, Louie (John Tormey) que alguna vez le salvó la vida. El último encargo de Ghost Dog es atestiguado por la hija del Louie (Tricia Vessey), la hija del "mafioso mayor" Ray Vargo (Henry Silva), y la mafia decide cazarlo, a lo que el letal asesino se les adelanta, más en el afán por salvar a su amo que por salvar su vida. En medio de este frenético ajuste de cuentas, narrado con mesura y maestría zen, respaldado por un trabajo brillante del operador alemán Robby Müller -habitual de Wim Wenders-, el cineasta involucra al espectador en la conmovedora locura de Ghost Dog. El resultado rematado con un final ritualista capaz de dividir opiniones resulta profundamente inquietante.
Vertiginosa, violenta, original, metafísica, esta película acaso sea la mejor de Jim Jarmush. Una vez más Nueva York es la ciudad violenta que no ofrece espacios para el reposo ni la esperanza. Pareciera que el samurai aconseja que no existe lugar más idóneo que dicha ciudad para esperar la muerte.
Anécdotas
* Para que Forest Whitaker se involucrara más en la filosofía de los samurais, Jarmusch le dio muchas películas de Kurosawa para que las estudiara, aun cuando Forest ya había practicado Artes Marciales cuando era niño. * La persona que se ve entrenando Kung Fu es el Monje Shaolin Yan Ming, que tiene una escuela de Artes Marciales a la que asisten RZA y el Wu Tang Clan, los músicos que participan en el soundtrack de la película. * El personaje que se encuentra en el palomar cuando llegan los dos matones italianos se llama Nobody, y es interpretado por Gary Farmer, quien interpretó un personaje del mismo nombre en la anterior película de Jarmusch, Dead Man * Cuando Ghost Dog se presenta con los dos vigilantes italianos en la casa del capo se hace llamar "Bob Solo" una combinación de los nombres Bob Falfa (de American Graffiti) y Han Solo (de Star Wars) interpretados ambos por Harrison Ford. * La escena en la que Ghost Dog mata a uno de los mafiosos a través de la cañería del lavabo del baño, fue tomada de la película de Seijun Suzuki Branded to Kill, de 1967. * El nombre de la tienda de animales que visita Ghost Dog se llama Birdland. Birdland es el nombre del club del músico de jazz Charlie Parker, quién fue interpretado por Forest Whitaker en la película Bird, de Clint Eastwood. * Ghost Dog ha sido definida como un remake inconfeso de la magistral El silencio de un hombre (Le samurai), de Jean-Pierre Melville. * La Academy of Science Fiction, Fantasy and Horror Films nominó a esta película, en 2001, para el mejor estreno en vídeo.
April 19, 2006
el legado de browning
El legado fílmico de Charles Albert "Tod" Browning en el recuerdo popular puede ser limitado a dos películas: DRACULA (Drácula-1931) y FREAKS (Fenómenos-1932). Pero hay un Browning desconocido, un Browning activo durante el cine mudo, miembro del equipo de D.W. Griffith, director de melodramas y policiales y el socio detrás de cámaras de algunas de las mejores películas de Lon Chaney.
Nació en Louisville, Kentucky, el 12 de julio de 1880. Desde niño se vio fascinado con la vida del circo. Y pasó mucho tiempo ligado a los espectáculos de variedades, ferias callejeras, carnavales, los cuales, con el correr de los años, se convirtieron en temas recurrentes a lo largo de su filmografía. En 1913 se convirtió en actor cinematográfico en cortos de Charlie Murray, un ex artista circense (más tarde sería popularizado en la troupe de Mack Sennett) y otras comedias para la Biograph. Poco después ya estaba trabajando como actor de Griffith. Pero a fines de este año se alejó de la compañía para viajar hacia California, para tomar la dirección del estudio Reliance-Majestic. Para una de sus subsidiarias, la Komic Pictures, filmó medio centenar de cortos. .
Al mismo tiempo que dirigía cortos para la Reliance-Majestic, continuó sus lazos con Griffith (de quien seguramente habrá aprendido mucho). En 1915 sufrió un trágico accidente que costó la vida a su acompañante, William Elmer Booth, y Browning se salvó pero pasó un año en el hospital. Durante este tiempo escribió numerosos guiones, uno de los cuales sirvió para un filme de Douglas Fairbanks titulado THE MYSTERY OF THE LEAPING FISH en el que había elementos como la cocaína y el opio. Luego de su recuperación Browning trabajó en los estudios Triangle, un consorcio que administraba filmes de Griffith, Sennett y el gran Thomas Ince. En 1916 actuó como extra en INTOLERANCE (Intolerancia-1916) la película más notable de su época y por varios años, el mayor espectáculo de Hollywood. Ese mismo año dirigió PUPPETS, en el que actores de carne y hueso intepretaban a marionetas.
Solo un año después Browning consiguió estrenar su primer largometraje, JIM BLUDSO (1917), sobre la vida de un marino que sacrifica su propia vida por salvar a los pasajeros de su barco que se incendia. Pero no fue bien recibida por la crítica (que ya desde entonces manejaba la opinión del cine) y Browning realizó un par de filmes más antes de abandonar la Triangle. Marchó nuevamente a la costa este, a Nueva York, junto a su esposa Alice Lillian Houghton, para trabajar en la Metro, donde dirigió dos películas de Mabel Taliaferro, que tuvieron grandes avances técnicos.
Llegamos a 1918. Finaliza la Gran Guerra Europea y Browning regresa nuevamente a California, donde dirige un par de filmes más hasta que es contratado por un pequeño estudio llamado Bluebird Productions, dependiente de Universal Pictures. Allí Browning conoce a dos personas que serían muy importantes en el resto de su carrera, Irving Thalberg y Lon Chaney. El primero, un joven y sagaz productor, se impresionó por el trabajo de Browning, especialmente luego de ver el primer filme en el que dirigió a Lon Chaney, THE WICKED DARLING (1919).
Esta buena impresión cooperó para que Thalberg otorgase un presupuesto alto para la época (250.000 dólares) para la realización de THE VIRGIN OF STAMBOUL, un exitoso filme que otorgó una buena reputación al anterior extra de Griffith. El fallecimiento de su padre, la separación de Alice y otros factores sumieron a Browning en una crisis de dependencia del acohol, de la cual solo se pudo recuperar cuando pidió perdón a su esposa y fue aceptado y logró un contrato con FBO (que luego se convertiría en RKO Radio Pictures), hacia 1924.
Los tiempos habían cambiado y ahora Irving Thalberg era uno de los ejecutivos de la Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), compañía que estaba buscando un director para rodar THE UNHOLY THREE (El Trío Fantástico-1925) en la que trabajaría Lon Chaney. La trama se centraba en las andanzas de un trío de estafadores compuesto por un enano, un forzudo de circo y un ventrílocuo travesti, cuya identidad se mezclaba con la de su muñeco. La película también significó una nueva oportunidad de trabajar junto a Lon Chaney. Luego de su estreno, el éxito acarreó una serie de varias películas en la que la colaboración entre Chaney y Browning era sinónimo de más suceso. LONDON AFTER MIDNIGHT (1928) fue la más exitosa (lamentablemente perdida) de sus películas juntos. La última fue WHERE EAST IS EAST, un melodrama con elementos bastantes bizarros.
Su primera película sonora fue THE THIRTEENTH CHAIR, filmada en versión muda y hablada. La película presentó entre los actores secundarios a Bela Lugosi, quien fue la estrella de DRACULA (Drácula-1931) un filme que Browning emprendió luego del fallecimiento de Lon Chaney, suceso que lo sumió en una gran tristeza. Contrariado por las demandas del estudio, Browning había querido que el vampírico Conde Drácula permanezca en la oscuridad como una presencia invisible. Eventualmente Tod suministró su voz en la escena del puerto en la que Renfield (Dwigth Frye) surge de las sombras del buque. Más tarde con FREAKS (Fenómenos-1932) mostró en una especie de visión autobiográfica, el circo como nadie lo quiso ver. La película le acarreó no pocos problemas, de hecho luego de la negativa reacción por su estreno, Browning cayó en desgracia ante la MGM y en lo sucesivo fue relegado a producciones no muy importantes.
Browning volvió a trabajar con Lugosi en MARK OF THE VAMPIRE (La Marca del Vampiro-1935), una versión de LONDON AFTER MIDNIGHT en la que Lionel Atwill interpretó al inspector y Bela al vampiro (en la versión original Chaney había cargado con ambos papeles). Esta vez, con el aparato de censura perfectamente aceitado, la trama del filme se cambió para eliminar todo elemento que sugiera algún tipo de relación incestuosa entre el vampiro y su hija Luna (interpretada por Carroll Borland). Por supuesto esto no gustó mucho a Browning.
Poco después emprendió la filmación de otro filme bizarro, THE WITCH OF TIMBUCTOO. Nuevamente la actividad de los censores se hizo sentir. En Inglaterra se solicitó que no hubiera personas de color, ya que había temor de que las escenas de brujería puedan causar problemas entre los negros que vivían en colonias británicas. Más tarde, la trama original se cambió y el filme se estrenó como THE DEVIL DOLL (Muñecos Infernales-1936). Erich Von Stroheim, otro gran director del cine mudo, caído en desgracia a partir de los años '30 cooperó con el guión y quien sabe dirigiendo algunas escenas. Perjudicado al igual que todos los artistas del género, pasaron tres años hasta que Browning estrenó su último filme MIRACLES FOR SALE (Milagros en Venta-1939), un misterio policial que pasó desapercibido. Pasó a una situación de retiro (haciendo algunos trabajitos para MGM) mudándose ya a su casa de Malibú en 1942.
En 1944 falleció su esposa y se publicó erróneamente su propio obituario. El error fue subsanado, pero nadie lo vio nunca, de hecho no otorgó ninguna entrevista ni nada parecido. Su vecina Maureen O'Sullivan (estrella de Muñecos...) a pesar de vivir cerca de la casa de Browning, no lo vio más que una vez. Hacia fines de los años '50 Tod tuvo un problema de cáncer de garganta (similar al que mató a Chaney veinte años antes). Fue sometido a una operación y salió bien, sin embargo en 1959 cuando su hermano Avery falleció en Louisville, Tod asistió al velatorio desde una cabina privada, impidiendo así que cualquier otro miembro de su familia lo viera luego de su cirugía.
A principios de los '60 Tod era un verdadero dinosaurio. Pero mientras Drácula y Frankenstein se emitían exitosamente a través de la TV, su apellido cobraba nuevas y relevantes aristas. El 6 de octubre de 1962 fue hallado muerto, en el baño por unos amigos. La ironía fue que solo un año después Fenómenos se exhibía en el Festival de Venecia y horrorizaba a una nueva generación de cinéfilos que comenzaron a preguntarse "¿Quién es Tod Browning?"
Links:
Sobre Tod Browning
www.missinglink.free-online.co.uk/tod.htm (en inglés)
Sobre Fenómenos:
http://www.cinefania.com/movie/200103 (en castellano)
Frente a una mujer sensual los hombres deciden mal
Cuando tienen altos niveles de testosterona, ven afectadas sus habilidades para tomar decisiones de mando, según un estudio publicado hoy en Proceedings of the Royal Society B, en Gran Bretaña. Esta investigación se suma una larga lista, la mayoría inscriptas dentro de la neuroeconomía, que intenta descifrar por qué se toma un camino y no otro.
Bram van den Bergh y Siegfried Dewitte -los investigadores de la Universidad de Leuven, en Bélgica, que coordinaron el estudio- aseguran que sólo se necesita una mujer bonita para arruinar la habilidad de tomar decisiones de un hombre, ya que aumenta su nivel de testosterona. Así, los niveles de aquella hormona "afectan notablemente la habilidad de tomar decisiones del hombre", explican.
Dewitte explicó que “todos pensamos que somos seres racionales, pero nuestra investigación sugiere que los hombres con altos niveles de testosterona son muy vulnerables al deseo sexual. Si no existen estos factores (sexuales) alrededor, se comporta normalmente, pero en caso opuesto, la persona se transforma en impulsiva".
Para llegar a tremendas conclusiones, los científicos trabajaron con 44 voluntarios de edades comprendidas entre los 18 y los 28 años, y los sometieron a un juego financiero para determinar cómo reaccionaban al juego limpio. El juego, que no es el primero dentro de este tipo de investigaciones, requirió a los voluntarios separarse en pares y mostrarle a la otra persona una imagen de mujeres sexy o de ropa interior femenina.
¿Los resultados? Aquellos hombres expuestos al factor de "deseo sexual" aceptaron jugar sucio en mucha mayor medida que aquellos que no vieron las imágenes. Los científicos luego "ranquearon" a los voluntarios de acuerdo a su nivel de testosterona y hallaron que los que poseían mayores niveles de ese estrógeno tomaron las peores decisiones. "Es una tendencia, pero esta gente tiene el poder para luchar contra estos impulsos. Los niveles hormonales son una cosa, pero también podemos aprender a controlarlos", destacó Dewitte.
April 18, 2006
Soy inteligente, de modo que contrasto fuertemente con los ortodoxos.
Ch. Fort, El libro de los Condenados.
Así lo describe Jacques Bergier : “Parecía una foca tímida. Tenía las piernas redondas y gruesas, vientre y trasero salientes y parecía carecer de cuello. Su cráneo era bastante voluminoso y estaba medio calvo; sobre su ancha nariz asiática se apoyaban las gafas con montura de acero; su bigote parecía el de Gurdjieff”.
Charles H. Fort (1874-1932) era sin lugar a dudas un tipo peculiar. Escribió su autobiografía con tan solo 25 años, y aunque trabajó un tiempo como periodista y taxidermista (¡), gran parte de su vida la dedicó a la recopilación de hechos anómalos en la biblioteca de Nueva York.
Metódicamente, leía incansablemente periódicos y revistas científicas, en su busca de información. Acumulaba notas hasta el punto de llegar a tener sus fichas ordenadas en 1300 cajas de zapatos, intentando buscar un sentido global en todo ese caos. En ocasiones se desesperaba, quizá sintiendo que estaba desperdiciando su vida en un empeño absurdo y llegó a quemar todos sus apuntes –que se contaban por decenas de miles e incluían libros inéditos ya terminados. Este arrebato destructivo lo tuvo, que se sepa, al menos dos veces en su vida, para posteriormente, volver a empezar de cero.Los libros que publicó Charles Fort fueron El libro de los condenados (el único traducido al español y en cualquier caso difícil de encontrar), New Lands, Lo! y Wild Talents. Desgraciadamente solo hemos podido leer el primero de ellos; los otros los conocemos porque son ampliamente citados por otros autores, especialmente por Jaques Bergier y por John A. Keel (otro tipo muy recomendable, popular ahora porque se ha hecho un película sobre sus investigaciones acerca del hombre polilla o Mothman).
más allá del estilo, lo que nos importa es el fondo del asunto. Especialmente ese sentido crítico que le hace alejarse de las ideas y teorías comúnmente aceptadas, rebelándose contra la oficialidad cuadriculada y poniendo en evidencia sus métodos. Increíblemente, su discurso no solo sigue vigente hoy en día sino que se nos antoja imprescindible en estos tiempos de control mediático de la opinión pública y aborregamiento general. Mas, en cualquier caso, los asuntos de los que habla resultan fascinantes.
Un asunto en el que hace especial hincapié es en el de las lluvias insólitas. A lo largo de la historia a caído del cielo absolutamente de todo, habiendo o no nubes... lluvia de todos los colores, olores y consistencias, sustancias de lo más variopintas, animales de todo tipo y tamaño, desde vivos a podridos, etc. Lluvias de sangre y de carne, de monstruosos bloques de hielo, y cualquier otra cosa que uno pueda imaginar. Las explicaciones que se dan desde la ortodoxia suelen ser insatisfactorias, hablando de tornados, etc, que son curiosamente selectivos a la hora de llevar, por poner un ejemplo clásico, solo ranas y no hojas, barro u otros animales. Absurdo, sin duda. Pero veamos qué explicación se le ocurre a Fort; él dice que nuestra situación es parecida a la de peces abisales que ven caer de la superficie del mar a su mundo objetos y sustancias que les son extraños, ya que son incapaces de imaginar el mundo de la superfice al que no tienen acceso. Así, habla de un supermar de los Sargazos (así lo llama él, qué le vamos a hacer) sobre la atmósfera, del que proceden todas esas cosas que no aciertan a explicar meterólogos, astrónomos ni ningún otro científico.
De hecho menciona muchos casos sobre caídas de bloques de hielo de gran tamaño, citando sobre todo casos del siglo XIX y principio del XX. Imagino que todos recuerdan que hace tres años empezaron a caer en España lo que se dieron en llamar aerolitos o frigolitos. La explicación que dio Manuel Toharia (director del museo de las ciencias de Valencia), al más puro estilo de los ortodoxos de los que habla Fort, fue que el primer caso provino de un avión y todos los demás fueron fraudes. Más o menos lo mismo vino a decir Javier Armentia, el director del planetario de Pamplona, que ridiculizó el fenómeno. Desde luego hubo muchas bromas y fraudes, en parte fomentadas por los autodenominadas asociaciones escépticas que, tal vez incómodos con el fenómeno, daban instrucciones en internet sobre cómo fabricar casos falsos. Así pues, oficialmente solamente se verificaron 6 casos por el CESIC, aunque es casi seguro que muchos más fueran auténticos. Y de hecho el fenómeno ha seguido ocurriendo; en Enero de 2002 cayó en Soria uno de más de 16 kilos. Lo que el equipo del CESIC (con Martinez-Frías a la cabeza) han descartado por completo es que el origen tuviera que ver con aviones o meteoritos. El agua que lo forma estos aerolitos es agua de lluvia, lo que hace pensar en un fenómeno atmosférico increíblemente extraño. Tanto, que Eduardo Coca, director del Instituto Nacional de Meteorología y otros meteorólogos se han apresurado a rechazar de plano la posibilidad de que se puedan originar esos bloques de hielo en la estratosfera, especialmente en ausencia de nubes gruesas y bien visibles.
El 7 de julio de 1997, cerca de las costas gallegas navegaba el buque maltés Marietta II. A media tarde, con visibilidad perfecta y el mar en calma dos tripulantes vieron caer al mar y hundirse a unos 60 metros del barco lo que describieron como un hombre verde con una especie de casco. Salieron patrullas de rescate desde Finisterre pero no se encontró nada.
Otros asuntos de los que trata Fort son los llamados OOPARTS (Out Of Place Artifacts o, para entendernos, cosas que no tiene sentido que estén donde se encuentran, como objetos tecnológicos en canteras prehistóricas) y es precursor de lo que luego se denominó astroarqueología, con la que años más tarde se forraría Von Daniken; animales criptozoológicos o directamente fantásticos; huellas misteriosas y OVNIs. De hecho resulta llamativo que en su libro haga notar el olor a azufre que se presenta en muchísimos de estos fenómenos anómalos y lo asocie a algunas huellas encontradas muy extrañas (parecidas a las de cabra pero totalmente incongruentes) para relacionar parte de estos extraños fenómenos con la iconografía tradicionalmente relacionada con los demonios. Esto nos recuerda, claro, al popular relato de Clarke.
En sus libros posteriores Fort también se ocupa de otros temas como el de las Combustiones Humanas Espontáneas; las teleportaciones; las casualidades inverosímiles; facultades psíquicas; y un largo etc.
Han pasado más de ochenta años de la publicación de El Libro de los Condenados, pero sin embargo gran parte de las reflexiones de Fort siguen resultando válidas. Las cosas han cambiado sorprendentemente poco, las reacciones de la ciencia ortodoxa siguen siendo idénticas a lo que describe en sus libros. Y no deja de ser curioso y casi inexplicable que muchos de esos escépticos militantes, de los que siempre tienen la epistemología en la boca, consideren a Charles Fort “uno de los suyos”.
La influencia de Fort es indudable. Se dice que Lovecraft era un ferviente admirador, y desde luego todo el género literario que se dio en llamar de manera desafortunada “realismo fantástico” bebe directamente de él.
Así que, para acabar con una cita de Fort, recuerden: “la ciencia de hoy es la superstición de mañana, y la superstición de hoy ciencia de mañana"