September 9, 2005


Como los cirujanos psíquicos filipinos, los adivinos japoneses, los cazadores de poltergeists o los “médicos” que tratan enfermedades en Tailandia con pastillas fabricadas con Escrituras Sagradas pulverizadas, el creacionismo colma las necesidades emocionales poderosas que la ciencia suele dejar insatisfechas.
Hay libros que causan terremotos, movimientos telúricos perdurables que dejan a su paso un tendal de ideas muertas y grietas abiertas que tal vez nunca se vuelvan a cerrar. El origen de las especies (1859) de Charles Darwin, por ejemplo, desplegó ese escenario geológico desde el atril de la biología. Con este ladrillo de 572 páginas, el naturalista británico partió al medio el siglo XIX. En una “larga y única argumentación” (como le gustaba describir el esqueleto temático de su libro), presentó –con una explicación de una simplicidad desarmante– el mecanismo de la evolución más verosímil presentado hasta (y desde) entonces: la selección natural, el mecanismo ubicuo que hacía entendible la diversidad biológica del planeta. A grandes rasgos, el concepto condensaba lo por todos ahora conocido: que todos los organismos vivos, sin excepción, descienden de formas de vida anteriores mediante la lucha por la supervivencia y la capacidad de transmitir los rasgos adaptativos a su descendencia. Darwin hizo temblar un mundo tranquilo, en el que nada hacía frente a la creencia de un mundo creado, un mundo-producto. Lo fijo se volvió maleable y de telón edénico, la naturaleza pasó a ser un cuadrilátero, un coliseo en el que los gladiadores –los seres vivos– dirimen su suerte.
El libro fue un boom editorial. Tanto que en el primer día de su publicación se vendieron todos los ejemplares (1250 copias). Fue como si los flamantes compradores hubieran pispeado a lo lejos la cresta de la ola que estaba a punto de estallar. Darwin no había inventado ni demostrado la evolución, aunque sí infirió que había sucedido. Tampoco aludía directamente al ser humano en sus escritos (lo haría recién en El origen del hombre en 1871). Pero lo expuesto relucía por su claridad: sin decretar la muerte de Dios, había exiliado a la deidad de la trama histórica humana. Así, de una, Darwin desmoronó, como lo había hecho Copérnico cuando corrió a la Tierra del centro del universo, uno de los pilares dogmáticos más fuertes. El ser humano había perdido el lugar de hijo para reducirse a categoría de animal evolucionado, a la crudeza de algoritmo histórico.
Nadie estuvo ajeno a la “peligrosa” idea de Darwin. El golpe se sintió entre teólogos y pastores que con esfuerzo todavía hacían lo imposible para remar en las insolvencias intelectuales de las interpretaciones literales de la Biblia. La grieta entre ciencia y religión, abierta por Galileo, desde entonces no dejó de crecer.
Si bien fue en 1650 cuando el obispo John Ussher calculó, tras meses de estudio bíblico, la fecha –a su entender– exacta del comienzo del ex nihilo universo (22 de octubre de 4004 a.C.), las ideas creacionistas corrían cómodamente en el tamiz ideológico hasta bien entrado el siglo XIX. Las evidencias científicas se enfilaban en su contra, pero ellos seguían insistiendo férreamente en su dogma y en su mundo joven: Dios había creado el universo, la Tierra y los seres que la habitan en un acto milagroso, y la existencia irrefutable del diluvio universal.
En cierto sentido, todo este escenario de enfrentamientos virulentos y constantes entre darwinistas y creacionistas –y su paralelismo político, el darwinismo social, alentado por Herbert Spencer, verdadero autor del slogan “la supervivencia del más apto”– es entendible, difícilmente, pero entendible al fin para el siglo XIX (el Times llegó a condenar el libro de Darwin como “una hipótesis completamente insostenible”). Si se peca de permisivo, también se comprende la persistencia de estos choques a comienzos del siglo XX con el salto del enfrentamiento a los tribunales norteamericanos (en 1928, en los Estados Unidos, durante el famoso “Juicio del Mono”, un maestro de escuela, John Thomas Scopes, fue condenado por enseñar la Teoría de la Evolución, en un juicio realmente memorable reproducido luego en la obra de teatro Heredarás el viento y en sus versiones fílmicas y televisivas). Pero que estas ideas sigan en boga en el siglo XXI, ya preocupa a muchos, tanto que aseguran que Estados Unidos, principal centro de la contienda antidarwinista, ha entrado definitivamente en una nueva edad oscura teocrática. Es la paradoja perfecta: la persistencia de la irracionalidad en la nación científicamente más avanzada del planeta.
Made in USA
Pudo haber asomado en la Inglaterra victoriana, pero el creacionismo es un fenómeno doméstico netamente norte-americano. Un movimiento disidente y fundamentalista, que poco tiene que ver con iglesias, sinagogas y mezquitas, y que para sobrevivir en el tiempo hizo suyas las armas argumentales de su enemigo: sorprendentemente, el creacionismo evolucionó. Lo hizo, es verdad, en tiempo record pero no hay duda de que se adaptó como pudo a su ambiente. Crearon institutos bíblicos y en un acto espectacular de malabarismo comenzaron a difundir sus ideas como una teoría científica alternativa a la evolución (así nació la profesión de “creacionista científico”, oxímoron por excelencia). Luego de la abolición de las leyes antievolucionistas en 1968, los creacionistas también se especializaron. Actualmente hay de toda clase y gustos para elegir: “creacionistas de la Tierra Plana” (para los que el planeta es chato y bidimensional); “geocentristas modernos” (negadores de Copérnico); “creacionistas de la Tierra Joven” (son los más conocidos; lanzan continuamente campañas para incorporar la ciencia creacionista en las escuelas públicas de estados como Louisiana, Arkansas y Ohio) y los más moderados, los “creacionistas de la Tierra Vieja”, quienes no toman literalmente los días y horas descriptos en el Génesis.
Cada campo científico tiene su reverso pseudocientífico, su antítesis: los zoólogos se enfrentan a quienes defienden la existencia de dinosaurios vivos (el monstruo del lago Ness); los químicos, a los alquimistas; los antropólogos, a los defensores de la supervivencia de hombres mono; los astrónomos a los astrólogos y ufólogos, y los biólogos, como era de esperar, a los creacionistas. Si no son confesos, al menos, piensan como ellos: en 2001 una encuesta realizada por Gallup señalaba que el 47% de los norteamericanos pensaba que Dios creó al Hombre hace menos de diez mil años. Sin embargo, no los une el odio sino la locura: ante el interminable desfile de fósiles, arremeten y aducen que no son más que restos del diluvio (o que Dios creó al mundo con fósiles incluidos); sostienen que el Sol se está achicando y que el polvo de la Luna no tiene el grosor que debería tener; aseguran que Darwin se retractó en su lecho de muerte; y que las mujeres tienen una costilla más que los hombres.
El diseño del mundo
En su historia, los creacionistas también sufrieron mutaciones. Y la última tal vez sea la más peligrosa: el movimiento enarbola la doctrina del “diseño inteligente” que, como los cirujanos psíquicos filipinos, los adivinos japoneses, los cazadores de poltergeists o los “médicos” que tratan enfermedades en Tailandia con pastillas fabricadas con Escrituras Sagradas pulverizadas, colma las necesidades emocionales poderosas que la ciencia suele dejar insatisfechas. Es la nueva envoltura con la que los fundamentalistas de la derecha cristiana están por estos días presentando la vieja tesis del creacionismo bíblico. Desde hace diez años inundan todo rincón mediático, llenan sitios vacíos de Internet, se presentan en instituciones, museos, talk shows y no dejan de sacar libros. Casi como la Cientología. Su argumento principal es tan modesto como artístico: están convencidos de que la vida es demasiado compleja y elegante como para explicarla únicamente a través de procesos naturales como la evolución, un proceso azaroso, anónimo, gradual. Es la vuelta a la figura de Dios-relojero de Voltaire, ahora Dios-diseñador (como el arquitecto de Matrix).Como buen movimiento político (pues su agenda apunta a reformar la enseñanza de la ciencia en Estados Unidos), manejan ágilmente la retórica: sus operaciones de prensa están dirigidas a sembrar dudas sobre la validez científica de la evolución; lograron que editoriales pongan advertencias en los libros de Biología de secundaria donde alegan que “la teoría de la evolución está aún por decidirse”; e intentan desprender de su discurso los vestigios religiosos para suplantarlos por científicos. Sus miembros, a diferencia de los desbocados viejos creacionistas –como el paranoico Kent Hovind para quién la evolución es responsable del “comunismo, el nazismo y el socialismo”–, son profesores universitarios. Como buena pseudociencia, sus hipótesis suelen formularse de modo que sean invulnerables a cualquier experimento que ofrezca una posibilidad de refutación. Sus malabarismos son cubiertos por la jerga científicas para mantener la idea de que el ser humano es una especie de hálito de divinidad antes que una disposición –sin privilegios– de átomos.
Desde su principal centro difusor, el Instituto Discovery, financiado por organizaciones evangélicas, apuntan contra una de las teorías más documentadas de toda la ciencia, difundiendo la existencia de una –falsa– escisión en la comunidad científica (cuando en realidad la evolución es un hecho comprobado, tanto como que la Tierra gira alrededor del Sol). Y para colmo, ya cuentan con la bendición de George W. Bush, quien a principios de agosto recomendó la enseñanza del diseño inteligente en los programas escolares. Cerca de 20 de los 50 estados tienen disputas sobre estos temas: desde 1999 en Kansas, por ejemplo, se suprimió cualquier mención a la teoría de Darwin en los programas de las escuelas públicas.
La contienda así planteada es infinita. No es casual que estos “neocreacionistas” –los mismos fundamentalistas que llevaron a Bush a la Casa Blanca–, ahora exijan su paga a través de una nueva pedagogía. Es su modo de restaurar la oscuridad y conjurar un nuevo adoctrinamiento: la vuelta al pensamiento de rebaño y a la devoción al dogma. Ahí late su fuerza. Y también el peligro.

F. Kukso